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miércoles, 30 de enero de 2013

Por un trozo de pan





Hay una escena de la película "La guerra de los mundos" ( 2005) protagonizada por Tom Cruise y basada en la novela de H.G Wells, que me gustaría describir.
Por si alguien desconoce cuál es el argumento de  la película, os diré que se trata de una guerra entre los humanos y los alienigenas que han invadido el mundo.Algo muy parecido a "Independence Day", pero más dramática.  El caso es,   que Ray ( Tom Cruise) intenta llegar a un ferry para cruzar el río Hudson en su carrera por huir de los dichosos alienigenas. Él y sus dos hijos van en un coche, los únicos que tienen ese privilegio, por lo que un tumulto de personas que se agolpan en espera de poder acceder al ferry, ven en ese privilegio la manera de escapar también. A continuación unas cuantas personas  comienzan a vapulear el vehículo, romper cristales, e intentar con una violencia desatada, sacar del coche a Ray y a  sus dos hijos. En medio del caos y de la locura, el protagonista saca una pistola y dispara al aire para alejar a los desesperados de su familia; y lo consigue hasta que otro hombre a su vez lo apunta con otra arma y le obliga a alejarse . Cuando por fin consiguen zafarse del gentío, se oye un segundo disparo. Aquél que había conseguido arrebatarles el coche, muere asesinado por otra persona que a su vez también ha intentado llevarse el vehículo.
Cuando veo escenas como éstas, no puedo evitar hacer una reflexión sobre la avaricia, la codicia, y la ambición humanas cuando uno está desesperado. Me pregunto hasta qué punto una persona, por defender a su familia, a un amigo, a una pareja, sacaría de lo más profundo de su alma ese lado más oscuro.
En el mundo y en la sociedad que vivimos, encontramos casos de todo tipo, pero que bajo mi criterio no se pueden englobar en un mismo grupo. Vemos, desgraciadamente, como chicos jóvenes con acceso a las armas, un buen día se plantan en medio de sus institutos o universidades y dejan tras de sí heridos y muertos. Vemos  países en los que  la población se subleva ante el poder político, donde las guerras civiles se llevan por delante a miles de personas por defender un territorio, por el control de las armas o el tráfico de droga.
Según mi opinión,  algunos de estos casos nacen de   un instinto de supervivencia, del "sólo puede quedar uno" cuando ves tu vida amenazada o la de un ser querido y eres tú, o es el otro. ¿Qué haríais?¿ Hasta dónde llegaríais?
Pero no, yo hablo de traición. De esos amigos, vecinos y familiares de los cuales nunca pensaríais que actuarían así. Más que violencia, hablo de falta de lealtad, de solidaridad.
Otra escena. Aquellos que me conocen, saben de mi interés por la antigüedad, y en concreto por las diferentes culturas y religiones. Una de las figuras que siempre me ha fascinado y sobre la cuál no sé si alguna vez llegaré a rozar un atisbo de verdad, es Jesús de Nazaret, como personaje histórico y humano. No puedo evitar un estremecimiento cuando me encuentro ante la escena de un hombre, que mientras es apresado y juzgado  por los propios cabecillas religiosos de su pueblo y puesto su destino en manos de los que gobernaban en aquel momento, uno de sus mayores seguidores, Simon, el que sería Pedro posteriormente, reniega de él invadido por el miedo y la cobardía. Ahora no es momento de entrar en  detalle de cuánto podía amar aquel discípulo a su maestro y de los motivos que lo llevaron a actuar así, pero como veis la traición estuvo presente hasta en uno de los momentos más importantes de nuestra historia como civilización.
"Tu también hijo mio", fue lo que dijo César a su protegido Bruto, cuando envuelto por los que conjuraron contra él, y mientras era asesinado a puñaladas, vio entre los asesinos el rostro de  quien creía que le era fiel.
En el día a día, estoy segura de alguna historia conoceréis o habréis vivido, de infidelidad en una pareja, de un compañero de trabajo que ha querido "subir" a costa vuestra,..ejemplos que sin llegar a extremos como los antes mencionados, como en el caso de una guerra, le dejan entrever a una a veces, hasta donde no llegaría alguien por conseguir lo que ambiciona.
Afortunadamente, no siempre es así, y prevalecen los buenos ejemplos de compañerismo y solidaridad, pero es más triste si cabe, cuando el objetivo, digamos, es algo tan simple como conseguir mejor nota que tú en un examen, o colarse en la cola del supermercado para que  te atiendan antes.
Vivimos en una sociedad y más ahora que nunca, en la que las necesidades de las personas empiezan a hacer aflorar ese modo de actuar, pero insisto, habría que verse en ellas para criticarlo. Imagino que si yo tuviera un hijo y sólo quedara un trozo de pan para darle de comer, lucharía con uñas y dientes contra quien hiciera falta, incluso robaría, y ¿mataría? No lo sé.
Pero traicionar por traicionar, por demostrar que vales más, que eres mejor, porque consideras que en tu ranking de valores, conseguir tu objetivo es lo más importante, pasando por encima de la amistad, de la lealtad y el compañerismo, es ruin, triste y patético.
Siendo ya adulta y encontrándome en alguna situación así, he optado por apartarme yo solita de en medio, no tengo ningún interés en plantarle batalla a a alguien, que primero se ha hecho pasar por un buen/a compañero/a, y que a kilométros vista, me está "haciendo la cama" para conseguir lo que quiere. Allá tú. Pero cuando no lo ves venir, cuando nunca te lo esperarías, es cuando realmente duele.
Yo soy de aquellas personas que piensan que tarde o temprano cada uno  se encuentra en la  vida, "la vuelta del boomerang", es decir, que aquel daño que han provocado a los demás, viene de viaje de regreso con intereses.
Esa pistola con la Tom Cruise intenta defender a su familia, es la que al final, provoca el fatal desenlace, lo que al final el coche no sea ni para él ni para el otro. Quizá cuando no se miden las consecuencias de pasar por encima de los demás, por ansia de poder o reconocimiento, sea esa la recompensa: que estás donde querías, pero solo.
Posiblemente por un trozo de pan, se justifiquen muchos actos reprochables, quizá por el bien de una nación y de sus gentes, a lo largo de la historia se han cometido barbaridades, pero como colectivo, hay que poner en la balanza si vale la pena conseguirlos  a cualquier precio.
Bajo mi punto de vista, y una vez hecho el daño, lo mejor  es  apartarse de ese tipo de personas, y tratarlas con la indiferencia que se merecen.
Que sean muy felices con su trozo de pan..

 

jueves, 10 de enero de 2013

La vergüenza de la soberbia






Hace tiempo que quiero escribir sobre un tema que desgraciadamente ha sido noticia en los últimos dos meses y que nos ha conmocionado a todos: la muerte de cinco chicas en la fiesta de Halloween del Madrid Arena.
Sé que estos temas son difíciles de tratar y muy delicados, pero precisamente, porque me encuentro en mi blog, y con ese fin fue creado, me siento con la libertad  de dar mi opinión al respecto.
Es muy triste que en este país, las soluciones vengan cuando ya es demasiado tarde, y lo podemos comprobar en decenas de casos. Podemos empezar: los dichosos guardarrailes de las carreteras que sesgan cuerpos de motoristas, víctimas de accidentes de tráfico por culpa del mal estado o señalización de las vías, accidentes en pasos a nivel por falta de visibilidad, víctimas en los campos de fútbol por bengalas, centros de ocio o edificios sin las medidas de seguridad oportunas, camiones cisterna que circulan por carreteras secundarias, y un largo etcétera de errores y falta de previsión que han llevado demasiadas veces a un triste y trágico final.
Si hacéis memoria de todo esto que os hablo ha habido algún caso en nuestro pais: Camping de los Alfaques, incendio en Horta en Cataluña, el chico que murió en el campo de Sarriá al impactar una bengala en su pecho, atropello de unos chavales en la estación de Castelldefels por cruzar las vías inadecuadamente, etc...
Cuando escuché la noticia del Madrid Arena, no pude evitar acordarme del caso de la discoteca de Alcalá 20 en Madrid en el 1983. Murieron unas ochenta personas al producirse un incendio y literalmente quedar atrapadas en el local como ratones. 
Hace ya treinta años de aquello y de pronto veo en unas terribles imágenes, chicos aplastados unos encima de otros que luchan por escapar de una muerte segura en un edificio enorme donde nadie sospecharía que algo así pudiera pasar, y me pregunto, " bueno, ¿qué es esto?¿ es que no hemos aprendido nada de los que dejaron sus vidas anteriormente por casos parecidos?"
Estoy segura de que no soy la única que siente rabia e indignación ante estos hechos y más cuando una  imagina que en cualquiera de las situaciones que describo arriba podrían  encontrarse amigos, parientes, hermanos, hijos..
El punto en común de este tipo de fatales accidentes por decirlo de alguna manera, es que casi siempre, los responsables políticos quedan impunes. No puedo expresar con palabras la cara que se me queda cuando veo a según que personalidades que supuestamente representan a los ciudadanos, apareciendo en televisión, dando una serie de argumentos sin sentido, evitando responder con transparencia a los periodistas, contestando con cierta soberbia y prepotencia a cuestiones que todos nos planteamos. No tienen un mínimo de decoro por las familias, sus disculpas son vacías, carentes de cualquier sentimiento humano y compasión, y  además, que es lo peor, se creen intocables.
No puedo entender como alguien que tiene hijos, no hace un ejercicio de empatía, de ponerse en el lugar de esos padres que han perdido a sus hijas tan jóvenes, por culpa de una falta de coordinación, de responsabilidad y buen hacer que les hubiera salvado la vida. 
Es rastrero y vergonzoso, inhumano, que según que personajes todavía consideren que deben ocupar el cargo que ostentan porque consideran que "esto es todo lo que puedo hacer/no es de mi competencia/el culpable es otro". Creen que el ciudadano de a pie es analfabeto e ignorante y que, como si esto se tratara de la antigua Roma, con un partidito de fútbol, y algún despiste más, olvidará lo sucedido y a otro cosa.Pero yo, "sigo en el cargo".
De todas las tragedias, de todos los errores se ha aprendido en este país, pero hay algo que todavía no se ha solucionado, y es la falta de justicia para las víctimas y la devolución de la dignidad a sus familias, porque sencillamente, se podría haber evitado.
Algunos podrían tomar nota del primer ministro  japonés que al haber perdido las elecciones, dimitió porque consideró no haber hecho bien su trabajo, entre otros, el desastre de la central de Fukushima a causa del  tsunami. 
No podemos permitir que nos traten de tontos, no podemos creer en unas  explicaciones carentes de verdad y transparencia, porque no la tienen. 
La vergüenza y la deshonra no es para los inocentes sino para quien, hambriento de poder y  de avaricia, no hizo lo que tuvo y pudo hacer para salvarlos, por pura soberbia.


Anexo.a los que dieron su vida para que nunca más vuelva a suceder.

miércoles, 9 de enero de 2013

Mensaje en una botella



Me gustaría empezar esta nueva entrada de mi blog lanzando un mensaje, como todos los que envío a través de esta página, a todas aquellas personas que os tomáis unos minutos de vuestro tiempo para leer lo que aquí escribo: muchas gracias. Vuestras opiniones y consejos son muy útiles para la creación de este blog. No hace falta decir, que si queréis proponer algún tema sobre el que os gustaría que escriba, no tenéis más que enviar un mail o hacer un comentario. Gracias de nuevo.

Hace unas semanas, justo antes de las fiestas navideñas, hablaba con unas compañeras sobre las típicas costumbres de estas fechas, y como siempre, de un tema nos fuimos a otro, y acabamos hablando de las cartas. Sí, las cartas. Aquello que acostumbrábamos a hacer cuando queríamos saber de un amigo o de un  familiar. Cuando la vida no iba tan deprisa y las palabras se escribían completas y no abreviadas. 
En unos cuantos años, la tecnología ha avanzado tanto que parece que hablar de un radio-casette,  de un disquete o de una carta, sean mitos y leyendas de tiempos arcanos y pasados, pero no hace tanto de ello ¿verdad?
Creo que hoy en día, muchos hemos perdido esa maravillosa costumbre que es escribir, sin más.
Y yo soy de las que piensan que esa es y está siendo, la gran perdición de esta nueva época en la que no  tener Whatsapp te califica poco menos que de marginado social. Soy consciente y creo, que todo progreso conlleva evidentemente un beneficio, sino no sería progreso, pero desde luego que también conlleva una pérdida, y en este caso, es ese, el arte de escribir y por defecto, de leer.
Pero éste es un tema del que podemos hablar más extensamente en otro momento.
Antes de continuar, quiero volver hacia atrás.
Hubo un tiempo, cuando yo estudiaba en la universidad, en la que aproximadamente cada quince días, me sentaba en la cafetería de la facultad y me dedicaba durante unas horas ( sí, horas), a escribir a una amiga que estudiaba en otra universidad, lejos de casa. Todavía conservo aquellas cartas. 
Recuerdo que perdía la noción del tiempo y que intentaba plasmar en unos cuantos folios, y de la manera más  natural posible, mis emociones y sentimientos  sobre muchos aspectos de mi vida.
Fueron años muy duros porque aunque por un lado me sentía a gusto con lo que hacía y estudiaba, y con las compañeras que había conocido en la facultad, por otro, en el aspecto personal y familiar, la situación se complicó por diferentes circunstancias que me hacían sufrir y mucho.
Aquellas horas dedicadas a escribir a aquella amiga, me servían de terapia: para expulsar aquel sufrimiento; de alivio, porque sabía que aquellas palabras se dirigían a alguien que en cualquier caso, iba a hacer el esfuerzo por entenderme, o si más no, comprenderme. Finalmente me servía para coger distancia, para intentar ser más objetiva sobre lo que me sucedía, puesto que leía y releía una y otra vez lo que escribía, llegaba un momento en que parecía que aquellos problemas en el papel pertenecían a otra persona.En definitiva, escribir me liberaba.
Aquellos que me conocen, saben que no soy muy navideña. La verdad es que no acabo de entender el significado de lo que la Navidad se supone que debe ser. Entiendo que es una fiesta religiosa, pero si no soy católica, no entiendo porque debo sí o sí "someterme" a ella. Entiendo que es una excusa como cualquier otra, para reunirse con familiares y amigos, cuando por otro  lado me pregunto porqué no se puede hacer en cualquier otro momento del año. Entiendo que cuando eres niño, el hecho de no tener que ir al cole, o siendo ya más mayor, al instituto o a la universidad, se agradece bastante la verdad; pero luego te encuentras, que las supuestas vacaciones son la antelación de exámenes, deberes y trabajos que entregar justo a la vuelta, por lo que las supuestas vacaciones ya no son tales.
En fin, respeto el sentimiento y la percepción de cada personas sobre este tipo de fiestas, pero sinceramente, no lo comparto.
Si bien es cierto, también la celebración de este tipo de festividades, viene impuesta en cierto modo, por como se han vivido en la familia. Y en mi caso, se han celebrado como en cualquier otra casa, a diferencia que nosotros al tener el resto de la familia lejos, éramos los cuatro miembros principales y ya está. También es verdad que de alguna manera, planeaba por el ambiente una cierta nostalgia y melancolía de mis padres, sobretodo por parte de mi padre, y las cenas y reuniones familiares tenían poco de divertido. Está claro, que al menos en mi caso, no ayudó a que mi idea de las navidades fuera diferente a la que es hoy en día.
Si además le añadimos que desde hace unos nueve años, trabajo en una empresa en la que no se puede  coger vacaciones precisamente cuando todo el mundo las disfruta ( en muchos ámbitos laborales pasa esto) , sucede que tu ritmo de vida sigue otro muy distinto al del resto del mundo, y a una le quedan muy pocas ganas de celebrar nada cuando está cansado y agotado.
Tema a parte, está claro, sería la actitud. Aunque mis circunstancias sean esas, yo puedo hacer que por lo menos el tiempo libre que me quede, disfrutar del espíritu navideño, y aunque me cuesta, cada año que pasa lo intento, de verdad.

Cuando yo era pequeña, cada año, mis padres compraban unas cuantas postales navideñas, todo un ritual por cierto, porque tenía que escoger entre un montón de dibujos y tamaños, varias de ellas, todas diferentes para cada uno de los familiares que viven fuera.
El ritual continuaba llegando a casa y proceder a decidir para quien era una y para quien era la otra.
Después pasaba, siguiendo las instrucciones de mi padre, a escribir correctamente y con buena letra, el típico " Felices fiestas y feliz año nuevo, de vuestros hijos y nietas". No era algo que no me gustara hacer, y la verdad es que  me producía cierta alegría ver que los demás hacían lo mismo, y al cabo de unos días, en el buzón aparecían las postales de esos familiares que seguramente seguían el mismo ritual que yo.
Hace muchos años que esa costumbre se perdió, y más cuando una crece y ve que por parte de algunos de esos familiares recibir una postal de navidad viene a ser lo mismo que oír llover.
Pero el gesto, al fin y al cabo es bonito.
Cuando hablaba con mis compañeras sobre las costumbres de estos días, apareció precisamente este tema, y nos reíamos acordándonos de ello. Quien iba a imaginar que veinte años después los mails, los sms y demás iban a sustituir aquel ritual. Yo desde luego, no.
Pero de vez en cuando, esos mensajes, que parecen hoy en día, tan lejanos, vuelven y aparecen en la arena de la vida, así de pronto, en su formato original.
Tanto que hemos olvidado esos pequeños gestos, y tanto que nos "escribimos" a través de los móviles y los correos electrónicos, ¿no os da la sensación de que parece que en el fondo no decimos nada?  ¿Qué pasaría si esa información volviera a ser como antes? ¿No creéis que el mensaje que intentáis transmitir adquiere toda la fuerza de esas emociones y sentimientos que yo reflejaba en mis cartas?¿en vuestras cartas? ¿ qué fuerza tiene el recuerdo de un perfume, o de una canción? 
Todo lo asociamos a vivencias, a contextos de nuestras vidas, a edades, a sentimientos.¿A qué asociáis esos mensajes de vuestras vidas cuando escribís en el ordenador o el móvil?
Hace unos días, llegué a casa, y encontré un mensaje en una botella. 
Era un recuerdo del pasado, de años inolvidables por lo bueno y  por lo malo. Aparece de la nada año tras año, y año tras año olvido que el mensaje vuelve. 
Viene en forma de una letra bellísima, del ritual de escoger la postal y decidir qué escribir y cómo escribirlo. Viene a través del tiempo para recordarme que todo sucedió y que lo hizo con mucha fuerza.
Esa postal de navidad, la única todos los años. La que me acerca a ese espíritu navideño del que tanto reniego. Quizá de eso se trate. 
Una postal de navidad, de una amiga a la que quiero con todo mi corazón y que conocí en esos años de ilusiones y sueños borrados por el paso del tiempo. Es curioso, la tengo agregada en el Facebook, y apenas cruzamos alguna que otra palabra en mucho tiempo, pero ahí está, el mensaje año tras año, en el buzón.
Escribir limpia el alma, transmitir los mensajes de vuestro puño y letra exorciza los pensamientos y los eleva a lo más profundo de los corazones. Te sitúa en el espacio y el tiempo de quien escribe sea éste cual sea. 
Es un pequeño milagro de navidad que agradezco de todo corazón y que me transporta una vez al año a otras arenas, cuando la amistad me salvó de mi misma y de lo que me rodeaba, cuando sus sonrisas y sus lágrimas, como las mías, nos unieron, para siempre.
¿ A dónde os transportan los mensajes de los que quéreis, de los que ya no están, de los que quedaron atrás, de los que os rodean en este momento?..
No dejéis de enviar mensajes para la eternidad y de seguir con vuestros rituales!
¡Feliz año nuevo!

Anexo: Al grupo de amigas de la promoción 1996-2000  de la carrera de Filología Clásica de la Universidad Autónoma de Barcelona: Esther M, Loli H., Paqui R, Lily, Loli, Ingrid  y en especial a Sara Molina, por seguir el ritual.No os olvido.